22 dic. 2009

LA EDUCACIÓN DEL HOMBRE

Hay que crear la propia vida, hay que escuchar esa urgente llamada interior, se necesita cierto genio para encontrar la propia vocación y la energía de responder a ella contra viento y marea.
¿Cómo puede resultar esto fácil y posible sin la educación? Pensemos en los comienzos de cada individuo: ese “huevo” minúsculo en el seno de su madre.

Antes del nacimiento
Hay que comenzar la educación en los primeros momentos de la estación. La mujer que ha querido a su hijo, o que simplemente se ha dado cuenta de que está esperando uno, está ya empezando, lo piense o no, la “ecuación” de ese hijo. Por una razón simplemente humana, es de desear, más aún, hay que exigir que ella lo haya querido. Es una cuestión de libertad y de dignidad personales, y por tanto una cuestión moral. Es una cuestión de amor.
Los estados anímicos que acompañan a estas condiciones representan una educación. ¿Por qué? Porque él es ya una persona. Debido a esto, más que de educación, podríamos sentir la tentación de hablar de “condicionamientos”. Pero “el feto es una persona”; su sensibilidad, que se manifiesta muy pronto, es interior. No puede ciertamente “pensar” todavía, pero sí puede sentir. Por tanto, comprende.
Así, pues, si educar es dar algo de sí mismo para formar a otro, ese niño comienza ya a ser educado.

Después del nacimiento
Después del nacimiento comienza un tiempo análogo al de los primeros tiempos de la gestación. Aunque sigue sintiendo en su ser más intimo lo que se le da en su ser más íntimo y cómo se le da. La confianza que ha aprehendido no puede menos de ir creciendo; y también pueden crecer la desconfianza, el miedo, la prevención.
La infancia humana es larga al igual que la adolescencia que la prolonga. Se necesitan de veinte a veinticinco años para completar el desarrollo propio del adulto, durante los cuales la educación se convierte en una colaboración para educación, y finalmente en una auto-educación.
Posteriormente uno tendrá que vigilar siempre sobre sí mismo, seguir educándose más aún.
En resumen, la naturaleza no educa al hombre. Ni tampoco lo hace su propia naturaleza. Es un asunto que necesita siempre la responsabilidad personal de alguien. El cuidado, la atención, la voluntad, el pensamiento, el amor del ser humano a los demás seres humanos, y hasta el amor de uno a sí mismo, todo esto es lo que educa al hombre.

La educación
Educar es permitir, por medio de actos concertados, que un ser humano llegue a ser finalmente lo que es. Educar es personalizar y es humanizar. Educar es, por consiguiente, conducir a un ser consciente, libre, responsable, al mayor grado posible de lucidez y de verdad, de autonomía y de voluntad, para llenar finalmente su vida de unos bienes que son los bienes propios de los hombres, bienes espirituales, valores ideales; todo ello por medio de unos actos que elijan esos bienes, que los inscriban en la existencia de cada día. Educar, por tanto, es hacer a uno capaz de crear su vida como una obra eminentemente original, tan única como es única la persona. La personalidad y la vida personal son por tanto los primeros objetivos de la educación. Además la educación es una obra de amor. Cada ser requiere una manera especial de ser tratado, y hay que pensar en todo lo que es preciso educar: la inteligencia y la sensibilidad, el sentido de los valores espirituales y de la responsabilidad personal, la voluntad, la libertad misma. Por eso son muchas las cosas que dependen de la educación.

Si falla la educación
Si la eduación cojea, si es mala, si va contra la persona humana, si es negligente y hasta inexistente. No será más que el actor de una vida que no es suya, que puede quedar satisfecho quizá del papel que representa y forjarse ilusiones sobre él. Pero muchas veces ni siquiera será posible la ilusión. En los casos más graves, el hombre no podrá escaparse de esta pieza ridícula y morirá aplastado por la vida.
Aunque le haya sonreído la suerte, aun cuando sido rico y “honrado”, ese hombre que se haya “aprovechado” de la vida no habrá sabido querer ni amar de veras a los demás seres, ni los valores humanos esenciales. Quizá lo haya intentado al principio pero fracasará, decepcionará a los demás con su egoísmo, en este caso inconsciente, y por su materialismo, en este caso involuntario. Peor todavía, se decepcionará a sí mismo.
¡Qué tragedia representa una carencia educativa, sobre todo si es grave, en los puntos esenciales del hombre, cuando uno piensa en todo lo que depende de ella!